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Lo que dicen de las Brujas

A mí siempre me dijeron que las Brujas eran mujeres horribles, mentirosas, ladronas y malvadas. Nunca pude creérmelo del todo, algo en mi susurraba que habían cosas fascinantes que tales relatos no eran capaces de revelar.

Lo que se me hacía más difícil de aceptar es que esas mujeres malvadas de las que me hablaban; eran mi madre o mis tías y una que otra amiga que les visitaba muy seguido. ¿Quiénes eran entonces esas misteriosas mujeres de las que se hablaba con tanto desprecio o prejuicio?

Ellas eran ese tipo de mujer que nadie saludaba en la calle, pero a la que todos acudían de madrugaba cuando sus bebes o ancianos enfermaban y los hospitales no atendían “porque estaban sanos”.
Eran esas mujeres a los cuales los hombres no podían resistir el encanto de su fuerza, libertad e inteligencia. Pero estas sabían perfectamente como sostenerse independientes y arreglárselas para mantenerlos alejados.

Las mismas que preparaban toda clase de filtros para pasar “el mal de amores” y a las que cualquiera recurría a consultar cuando la vida no parecía tener sentido o explicación alguna, a esas donde se iba cuando la fe ya no era suficiente para mantenerse en pie.

Las mismas “despreciables” que por pura caridad acompañaban a enfermos y moribundos en un tránsito amable hacia el otro mundo, y al que luego sus familias culpaban de la desgracia.
Esas criaturas alegres que con su danza desenfrenada y sus cantos eufóricos eran capaces de celebrar la vida en cada segundo, sin pudor, ni arrepentimientos.

Vi a mi madre y mis tías vivir en la más grande pobreza, porque siempre pusieron su talento y conocimientos al servicio de otros, esos mismos que luego se avergonzaban de ellas o las despreciaban. Mucho era su amor, y mucha su conexión con la naturaleza, tanto así que ninguna otra pertenencia mundana atraía su atención. Pero cuando ellas se accidentaban o enfermaban nadie las visitaba.

Allá donde la ley no tiene cabida, ellas eran el consuelo de personas abusadas, violentadas o que vivían cargando con terribles traumas: En su presencia encontraban un respiro entre canticos y hierbas.

Y cuando hablo de ellas, no hablo de víctimas, eran personas profundamente conscientes de su labor y deber en la sociedad, lidiaban con el desprecio a diario y lo convertían en un arma para proteger su conocimiento. Quizás muy poco de esto lleguen a saber las nuevas generaciones sobre este tipo de personas, porque desde que la Brujería se ha vuelto una moda y todos se pavonean abiertamente de “ser brujas” el camino se diluye y las huellas de estas mujeres a lo largo de la historia comienzan a desvanecerse.

Y claro que hubo hombres entre ellas que practicaron y practican la Brujería, pero estos por el privilegio patriarcal y la profunda misoginia se podían permitir inmiscuirse en conocimientos y practicas clandestinas sin comprometer su integridad o valor social. Y aunque muchas veces fueron cuestionados a lo largo de la historia, nunca sintieron el yugo de la ley con la fuerza que este atacó a las mujeres (no solo las leyes institucionales, sino también, la más cruda, la ley de la calle).

Fue quizás por este privilegio – el haber nacido varón – que decidí aprender este arte y hacerlo público, de alguna manera buscando dar una voz, narrando el testimonio de aquellos que antes no fueron escuchados. No es mi historia, sino, la de ellas que trasciende desde mis palabras. Ellas fueron la inspiración primera a toda la investigación que realizaría más tarde, a la compilación y la publicación de su verdad. Una verdad con la que crecí, que vi y que viví desde las faldas de mi madre cuando tan solo era un pequeño, tímido pero muy curioso niño que no se apartaba de su lado.

¿Quiénes eran esas mujeres y que cosas enseñaban? Ellas eran las criaturas más sinceras y transparentes, no tenían ni miedo, ni culpa. El arrepentimiento era algo que no parecía existir en su diccionario porque vivían su vida a concho, sin desperdiciar oportunidades.
Confiaban en su talento y no dudaban en compartirlo con todo aquel que se les acercara. Su sentimiento de compasión era algo despiadado, pues estaba regido por un profundo sentido de justicia que no admitía justificaciones. Ellas no eran despreciadas por ser malvadas, eran despreciadas por ser sinceras, por vivir plenamente, por luchar con fuerza por las cosas justas y no callarse. Eran temidas por su creatividad e inteligencia, la libertad era su mayor principio ¡vaya que siempre se cuestionaban todo!, su presencia poderosa, frágil y solemne – en ocasiones silenciosa – era capaz de despertar la admiración más profunda o el terror más grande.

A fin de cuentas, aunque todos hablan de poder personal, no hay nada a lo que le teman más que a una persona que conoce su poder y lo utiliza, o en otras palabras: todos hablan de empoderamiento pero sienten un profundo temor cuando conocen a alguien poderoso…

De ellas aprendí que no estoy separado de la naturaleza, que ella vive en mí, tanto como yo en ella, nunca se me hizo difícil escuchar su “voz” y aprender sus misterios porque el velo que separa nuestro mundo cotidiano de las maravillas de la naturaleza tan solo es la hipocresía de inventar apariencias. Cuando eres sincero en tu deseo la naturaleza se te revela transparente, brillante y fascinante como el cristal más puro. Todos los misterios se vuelven conocimiento y lo demás ya pierde importancia.

Cuando digo que las Brujas no tienen “fe” hablo de una cosa seria, ellas no necesitan creer (en la naturaleza), solo necesitan sentirla…

Quizás estas memorias no estén grabadas en la piedra, ni sean adoctrinadas en las escuelas, pero un conocimiento cuando es verdadero trasciende las épocas y siempre encuentra la manera de resurgir.

La Brujería está aquí de vuelta, a la vuelta de la esquina para quien realmente desee aprender.

Escrito por: Holkroft

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