La Sexualidad Sagrada
El culto al cuerpo:
El cuerpo y su dimensión sexual es un territorio desierto para el cual los discursos provistos por las grandes religiones no consiguen dar suficiente cobertura y profundidad, incitando al prejuicio, la ignorancia y el tabú, esto genera rechazo en muchas personas quienes simplemente al no encontrar respuesta o sentido en estas palabras terminan desertando de sus filas, con mucha más confusión, desilusión y miedos sobre sí mismos de los que deberían tener. El cuerpo es parte intrínseca de la experiencia espiritual, es el terreno de cultivo para la expansión de la consciencia y la expresión sublime del ser. Debería ser el eje de la manifestación humana, no por nada ha sido la inspiración principal del arte en todas las épocas (como tema recurrente).
El cuerpo en libertad, plenitud y consciencia pareciera ser el tabú principal de las religiones hegemónicas, arrebatar la soberanía e independencia del cuerpo ha sido el mecanismo principal de control que han utilizado para ejercer y sostener su poder. La privación de los sentidos, del placer, del gozo y toda actividad puramente corporal convierte al cuerpo en una dimensión ajena, inexplorada y desconocida para muchos: un terreno sombrío, desprovisto de identidad y presencia.
Derribar estos mitos, quitar las barreras del tabú y enfrentarnos al cuerpo - desnudo de apariencias y prejuicios - es la premisa que sugiere el Paganismo para alcanzar el máximo grado de contacto estrecho con lo Divino. El cuerpo es sinónimo de la sacralidad. No es solo un contenedor del alma, no es un simple envoltorio: es el canal, la llave y la puerta al éxtasis divino, al gozo y la plenitud del alma. Es el punto de comunión de todos nuestros niveles, de todas nuestras facetas. Es el testimonio de nuestra historia y legado. Es el templo original.
La desnudez del cuerpo con la que se acusa a las Brujas de faltar a la moral tiene para nosotros otra lectura, un sentido diametralmente opuesto: esa desnudez es sinónimo de nuestra falta de pretensiones, de la no necesidad de máscaras y apariencias, el concilio con nuestra identidad, nuestra vulnerabilidad, belleza, gracia y naturalidad. Así es como en nuestros ritos la desnudez suele encontrarse de manera natural y voluntaria, sin observaciones morbosas o lascivas. El cuerpo es protagonista de nuestros ritos y ceremonias, le honramos y celebramos a través de la música, la danza, los movimientos.
El cuerpo es la manifestación inmanente de las Deidades, cada uno de nosotros encarna ese principio y le da nueva forma, cada canal es único en su diversidad. Para los Paganos ¡los Dioses viven, comen y respiran, en y entre nosotros!
La sexualidad es el puente más estrecho de comunión con lo Divino, reúne todos los elementos necesarios para alcanzar esas fuentes de poder primordiales, es el momento en que somos nosotros mismos, mas auténticamente, es cuando podemos abandonar el control de la mente y entregarnos por completo a la experiencia de estar presentes. La sexualidad y su expresión es el momento en que habitamos con plenitud y sabiduría la totalidad de nuestros cuerpos, exploramos con entusiasmo su sensibilidad sin fronteras y dejamos fluir la creatividad mientras percibimos la esencia de un otro.
El Pecado
Las culturas Paganas no tenían noción ni referencia del pecado, es por lo mismo que muchas costumbres indígenas fueron consideradas adoraciones abominables y diabólicas por los evangelizadores.
Para los Paganos la Divinidad tiene una esencia dual que se expresa a través de la naturaleza, esta esencia es frágil y equilibrada en cuanto se le permita continuar con el flujo de su sabiduría inherente. Detrás de todo acontecimiento natural existe una enorme sabiduría y poder que los Paganos han reverenciado por milenios, de cierta manera han podido acceder a este conocimiento silencioso a través de su intuición. En esa idea de lo Divino no cabe espacio para el pecado como una falta a los designios caprichosos de la Divinidad. ¿Cómo insultar o caer en falta de la voluntad divina si en efecto somos expresiones de su emanación? La sensibilidad y las emociones es algo que compartimos con las divinidades ¿Cómo podrían estas castigarnos por experimentarlas?
Nosotros estamos en este mundo para continuar ese flujo de sabiduría universal que otorga la naturaleza. Somos su continuidad y extensión, la manera en que ese potencial creativo de la emanación divina toma forma continuamente.
Cuando la corriente cristiana trajo sus ideas sobre el pecado este no tuvo simpatía entre los Paganos, pero fue haciéndose cada vez más posible gracias a la separación de la naturaleza que la vida en las ciudades estaba generando, las crisis sociales y culturales en cada territorio, además de la violencia implícita con que se impuso estas doctrinas.
Solo la separación de la naturaleza y el cuerpo nos puede arrastrar a ideas tan distorsionadas como el pecado. La privación de los sentidos y las necesidades básicas es la depravación original de nuestra especie. Somos los únicos quienes de manera consciente nos podemos forzar a vivir contra natura creyendo ser ajenos a las consecuencias de ese estilo de vida.
Los Paganos no creían, aceptaban, ni podían compartir la idea del pecado, porque entre sus mitos sobre la creación del mundo jamás se mencionaba el castigo divino y la expulsión de ningún paraíso. Los cimientos de su cultura se erigían sobre la naturaleza armoniosa como una Gran Madre generosa y nutritiva que respetaban con gran devoción por que esta resguardaba a todos sus hijos por igual. El concepto de justicia, armonía y equilibrio no daba espacio para el pecado, el cual surge del pecado original en la historia de Adán y Eva.
Entonces de pronto se les presentaba a un Dios "Todopoderoso" que castigaba generación tras generación a sus hijos por la desobediencia en un mito que perdía sus orígenes en el tiempo. Un dios tan iracundo y caprichoso solo podría despertar miedo y hacer saltar las alarmas de que nuevos tiempos de oscuridad se acercaban. Un Dios tan poderoso pero incapaz de mantener el orden cósmico de su propia creación, tan sabio que sus propias leyes se contradicen entre si y que desde el discurso del amor universal dividía pueblos seleccionando a sus devotos favoritos.
La idea del pecado ha sido la justificación teológica favorita para desacralizar el cuerpo y convertirlo en objeto de tabú y restricciones. La restricción del cuerpo es la esclavitud del alma. Considerar al cuerpo algo impuro, y a sus deseos simples depravaciones de la carne es un discurso de odio que ha generado mucho daño y confusión. Debemos dejar de ver al cuerpo como un lastre de inmundicias humanas y reestablecer todas sus bondades.
En el cuerpo y a través de este encontraremos todas las respuestas universales.
La impureza del cuerpo y la sexualidad
Y luego las nuevas creencias sostenían que el cuerpo había sido concebido en pecado, como una falta e insulto a la divinidad, por lo tanto era impuro e indigno (tanto este, como todos sus impulsos naturales). La concepción de cuerpo generado en pecado, por la ejecución del acto sexual es por decirlo menos absurda, considerando que dentro de estos “cánones de moralidad” la sexualidad se entiende como permitida dentro de un fin reproductivo. Reducir la sexualidad exclusivamente a lo puramente biológico y reproductivo es rechazar por completo su amplio espectro de exploración de nuestra humanidad y naturaleza, somos seres sexuales, sensuales, eróticos, necesitamos del amor y el romance para completarnos y vivir plenamente, esto en muchos niveles y capas de lo que somos y como percibimos el mundo. El abanico es demasiado amplio siquiera para intentar definirlo.
El cuerpo fue despojado de su belleza y perfección por la vergüenza de la desobediencia mítica en la creación del mundo (según los judeo-cristianos), entonces debía ocultarse tras las vestimentas, y más tarde la moral vendría a lapidar toda expresión de la naturaleza humana y su relación con el cuerpo. Nuestra vestimenta habla mucho de la relación con el propio cuerpo a nivel simbólico, y también nuestro discurso de “aceptación” o “censura” respecto a la apariencia de los demás.
Los estereotipos de belleza que tanto daño han causado por generaciones vienen de una búsqueda profunda por subsanar la herida en la cual, algo que nos fue hermoso y sagrado hace ya tanto tiempo de pronto se vio despojado de toda gloria. El cuerpo sufrió todos los niveles de enajenación y supresión (el cuerpo propio fue arrebatado de la soberanía que nos otorga la naturaleza):
- La separación del humano de la naturaleza (y su naturaleza, y el consiguiente castigo/culpa por su sexualidad).
- La separación del alma y el cuerpo, tal como se separó a través de la religión: lo mundano de lo divino, entonces lo profano jamás volvería a conciliarse con lo sacro. Esta separación nos fragmentó rompiendo el vínculo con lo divino. Y en las ciencias el cuerpo fue separado en partes aunque visto de manera sistemática, de cierta manera, igual inconexo. Se le trata por partes, por síntomas.
Desde el castigo al cuerpo y a la sexualidad fue que fuimos olvidando a la Divinidad. Esta ya no estaba más en nosotros, ya no éramos parte de ella, sino, que esta estaba más allá de nuestro alcance, pero "dispuesta" a atender a nuestro llamado. ¿Cómo escuchar la voz divina sin conocer la voz interior? ¿Cómo conocer la imagen de las Deidades sin conciliarse con la suya propia?
¿Y si la clave para reencontrarnos con lo Divino fuera nuestro cuerpo? ¿Podríamos mirarlo con más amor y compasión? ¿Podríamos aceptar con mayor admiración nuestra naturaleza? ¿y si el cuerpo fuera el trampolín que la consciencia utiliza para alcanzar su expansión y liberarse?
No estamos separados de lo Divino, sólo empezamos a creerlo, y se nos enseñó a creerlo, el error fue haber aceptado esto como una verdad absoluta e incuestionable, y haber comenzado a defender esta verdad como un mandato divino.
La trampa de la culpa: el dogma utiliza el martirio (flagelo) o la culpa para justificar las acciones en sus mitos. Ciertamente un alma que vive afligida solo podría añorar algún lugar donde encontrar alivio, aunque la promesa de este esté condicionada y sea muy lejana. Es así como el placer y toda forma de gozo se pervierte como una “anti virtud espiritual”, siendo en esencia todo lo contrario. El placer y el éxtasis son la consecuencia natural del contacto con lo divino, son una de las tantas caras de la experiencia mística relatada por los sabios de la antigüedad.
La sexualidad se empezó a considerar impura y pecaminosa ¿no es acaso en el éxtasis del sexo donde más percibimos la naturaleza divina y el enorme poder personal que tenemos? El sexo como practica sagrada rompe las barreras del tiempo, de los sentidos ordinarios y de nuestras capacidades limitadas, pero tanto poder es peligroso para el dogma, porque no incita a la obediencia ciega, por que despierta de la inconsciencia y nos enseña de lo efímera pero intensa que puede ser la experiencia de la vida. Expone nuestra más sublime fragilidad y grandeza.
La sexualidad se redujo a la dualidad masculino/femenino, macho/hembra dejando fuera toda la diversidad del universo sexual y erótico humano, que más que definirse se basa en la experimentación y el descubrimiento de esta energía creativa. Para los Paganos la sexualidad es un prisma mucho más amplio que hombres y mujeres, esta se engloba en un círculo de diversidad que históricamente hemos plasmado en el arte y otras formas de expresión para dejar testimonio de su existencia.
Si volcamos nuestra mirada hacia las costumbres indígenas con sinceridad y humildad podremos aprender mucho sobre como ellos aún conservan el vínculo con lo Divino, esto se aprecia en lo cotidiano en su relación con el cuerpo, aún existen tribus que viven en desnudez y sin el flagelo aprendido del pudor. Por qué el pudor es la marca dañina que nos ha dejado la idea del pecado, una marca que enfatiza en el conflicto moral que nace al intentar aceptar la naturaleza de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es la expresión de la simpleza y la gracia Divina.
El cuerpo entendido y aceptado ya no como propiedad privada sujeta a la explotación, sino, como un espacio sagrado de comunión con lo divino en todas sus facetas.
¿Cómo entender, aceptar y respetar la naturaleza sin empezar por el propio cuerpo? ¿No es acaso este la voz primera del llamado de la naturaleza?
Sexualidad: cuerpo y religión
En general, se suele pensar que sexualidad y religión no concuerdan bien, debido a la profunda influencia de las doctrinas impuestas por las religiones dominantes. Sin embargo, la forma de entender la religiosidad influye en la sexualidad, y también sucede al contrario: la sexualidad puede modificar las ideas religiosas.
Sin duda la sexualidad tiene un notable factor biológico, en especial cuando hablamos desde su función netamente reproductiva (para conservar la especie), pero hay aspectos más profundos y complejos que van acompañados de una insistente presión social establecida por los cánones que imparte la cultura dominante y que en muchos sentidos es capaz de condicionar la manera en que la sexualidad es vista, vivida o experimentada. La sexualidad abarca muchos más aspectos que los netamente reproductivos, y en efecto, no puede ser reducida tan solo a la reproducción de la especie.
No todas las culturas han tenido una visión negativa de la sexualidad, y a lo largo de la historia podemos encontrar muchos ejemplos de cómo las sociedades han experimentado de maneras muy diversas la sexualidad, la sensualidad y lo erótico.
Muchas personas afirman experimentar tensión y conflicto entre su fe y su sexualidad. Especialmente aquellas donde la sexualidad es sinónimo de impureza, culpa y degeneración.
El reconocimiento del cuerpo, la posibilidad de sentirse, de “encarnarse”, abre al tema de la espiritualidad caminos interesantes de reflexión para comprender un poco más la dinámica inmanencia-trascendencia. Para los Paganos quien no se siente a sí mismo, no puede sentir a los Dioses. Quien no se ha experimentado así mismo, no puede experimentar lo Divino. Los sentidos, la sensación placentera de tocar, oler, gustar, no sólo conectan con la realidad sino que permiten acceder y profundizar en relaciones de intimidad y de conocimiento del otro. Sólo ahí, en relaciones de auténtica confianza y compenetración se puede iniciar un camino de construcción comunitaria. Así, esta danza de eros y agapé abre paso al sentido profundo de lo humano, a lograr la común-unión con otros y a este sentirse mutuo gracias al deseo y la atracción que permiten acceder a una experiencia de éxtasis Divino auténtica y liberadora.
Conectar sensualidad y espiritualidad resultaría para muchos un planteamiento absurdo, pues a lo largo de la tradición religiosa judeo-cristiana han sido aspectos casi irreconciliables. Sin embargo, es precisamente la espiritualidad un camino clave para despertar los sentidos en nosotros, la sensibilidad: son los sentidos y la conciencia que tenemos de ser y estar permanentemente en un cuerpo lo que nos puede dar la clave para trascender. Una espiritualidad “encarnada”, nos permite acceder a nuestra propia esencia, a nuestra propia humanidad. La inmanencia del Paganismo nos enseña como lo divino coexiste y habita en lo mundano, en lo cotidiano. Enseña como esto, tan divino y sagrado impregna cada una de nuestras acciones, pensamientos, sensaciones y deseos.
Conocer el cuerpo no es sólo vivir y habitar en él, no es suficiente ver o tocar el cuerpo, publicitar el cuerpo. Asumirlo y apropiarse de él va más allá de una simple percepción sensitiva, también implica lo cultural y axiológico: el cuerpo no es sólo una estructura fisiológica, sino que es también una estructura culturalmente formada y formable ante la que no podemos adoptar una actitud neutral, en la concepción de cuerpo se entrelazan aspectos sociales, de género, matices étnicos, incluso tintes espirituales, los cuales configuran una actitud frente a la corporalidad. Mientras unas culturas miran con horror y vergüenza al cuerpo, otras lo consideran una expresión de lo divino.
Culturalmente pensamos encontrar lo Divino (Dios/Diosa, deidades) donde el cuerpo termina: y lo hacemos sufrir y lo transformamos en una bestia de carga, un simple vehículo, en un cumplidor de órdenes, una máquina de trabajo, en un enemigo a ser silenciado, y así lo perseguimos, al punto de elogiar la muerte como camino hacia Dios, como si Dios prefiriera el olor de los sepulcros al éxtasis. Y nos hicimos crueles y violentos, permitimos la explotación y la guerra. Pues si las Divinidades se encuentran lejos del cuerpo, entonces todo se le puede hacer al cuerpo. El Paganismo nos presenta otra perspectiva ¿Cómo encontrar lo divino sin permitirle a su manifestación experimentar las sensaciones de las que fue provista? ¿Cómo conectar con lo divino privándose de habitar su territorio sagrado, su obra y manifestación?
El deseo y las pasiones contienen verdades profundas sobre quiénes somos y qué necesitamos. El simple hecho de suprimirlas nos hará seres muertos espiritualmente o hará que algún día nos dispersemos. Nos configuramos a partir de nuestros deseos, nos proyectamos en la vida gracias a nuestras pasiones. Construimos entramados humanos a través del encuentro y desencuentro de los cuerpos que nos permiten trascender y potenciar lo mejor de cada uno y, en simultánea, develan cuán frágil y necesitada es la existencia de relaciones profundas, pero, ¿qué papel juega la espiritualidad en este diálogo entre deseo, cuerpo y pasión? ¿Qué tan importante es para nosotros el contacto físico como muestra de interés, afecto, comunicación?
Las tradiciones patriarcales dominantes de la civilización occidental se basan en una espiritualidad que busca, en forma bastante desesperada, trascender la naturaleza y el cuerpo, especialmente el femenino. Se despoja al cuerpo de su sacralidad inmanente y se le convierte en un objeto de explotación.
Los Paganos consideramos a la naturaleza y al cuerpo como sagrado y fuentes de revelación espiritual. El cuerpo, sexo y sexualidad son ejes de nuestras sociedades y grupos humanos, una cultura que castigue al cuerpo y la sexualidad rápidamente decae, se degrada y degenera en vicios destructivos, los ejemplos históricos sobran...
Se hace necesario entonces, recuperar la noción de cuerpo del encierro de la racionalidad. Lo corporal está constituido por dos hemisferios derecho e izquierdo, somos lógica pero también simbólica, somos química pero también anhelo, utopía e ilusión, somos en simultáneo inmanencia y trascendencia, debilidad y potencia somos todo eso en la dinámica de una materia animada, integrada con otros cuerpos e integrada a lo cósmico.
La encarnación es cuando lo Divino se hace carne, que entra en nuestra carne, en nuestro cuerpo: Lo cual significa que, cuando uno toca un cuerpo está tocando la vida divina. No hay vida divina alguna al margen del cuerpo, porque lo Divino decidió revestirse de un cuerpo, hacerse cuerpo.
El cuerpo constituye una realidad simbólica a través de la cual se despliega todo un significado ontológico que no sería posible descubrir sin un otro concreto y real que se abra al diálogo, pero que también toque, acceda a mí, y entre en el espacio fascinante de la intimidad.
Abordar este espacio único y original requiere un primer paso del “conciencia de cuerpo”. Pero por varios factores sociales y culturales vivimos desencarnados, hemos dado prioridad a la razón sin tener en cuenta su conexión con todas las sensaciones corporales, cada una de las cuales posee una información valiosa e intransferible que recoge los miedos, anhelos, posibilidades y fragilidades así como las tristezas o alegrías atesoradas por el tiempo; de alguna manera somos una historia hecha cuerpo.
Las experiencias que vivimos en los encuentros más íntimos y profundos nacidos del humano deseo sexual pueden propiciar una conexión y una espiritualidad que nos hagan regresar a los orígenes donde la sexualidad se devela como fuente de una espiritualidad viva. El cuerpo no es simplemente una cosa que poseo, soy yo, mi única propiedad, mi más valiosa donación. El cuerpo no es el límite de la espiritualidad, es su expresión. En los orígenes de la Magia fue el primer altar.
El sentir que sentimos ha sido quizá, el primer paso con el que el ser humano empezó a tomar conciencia de sí mismo y de su lugar en el mundo. Los sentidos que abren nuestro cuerpo han sido paradójicamente, el principio de nuestra reflexión. A partir de las sutiles aberturas de las sensaciones se va construyendo el mundo de la intimidad. Un mundo cuyas fronteras oscilan entre la realidad en la que estamos y la idealidad, la teoría, el río de palabras que somos.
Es el cuerpo entero el que ve, oye, gusta en definitiva, el que sintetiza y coordina el trabajo mancomunado de los sentidos humanos. Debemos reconocer que la integración personal está dada en primera instancia por las sensaciones táctiles. Hay aprendizajes que están más allá de la razón, y es el conocimiento a través de lo sensual. Y aquí podemos relacionar este “tocar” con comulgar con lo Divino, porque también es posibilidad para tomar conciencia de estar vivos: es resistir a la trivialidad aplastante de la vida, oponerse a la idea de que la vida carece de sentido; es oponerse a la desesperanza y a la resignación que nos hace incapaces para la sorpresa y la admiración.
La sexualidad es lo Divino que penetra, y se compenetra en nuestra existencia, nos atraviesa sutil y sensualmente, nos hace sentir vivos, potencia la creatividad y nos hace entrar en comunión y solidaridad con otros. Si deseas vivir la sexualidad desde esta perspectiva debes tener claro que representa una responsabilidad mayor - tanto contigo como con los otros -, aún más si deseas incorporar la sexualidad dentro de tu practica espiritual (mágico o ritual). No podemos desconocer los riesgos que implica tanto a nivel físico, emocional como energético.
Los historiadores se han explicado de distintas maneras porqué en los últimos cuatro mil años la mayor parte de la humanidad ha privilegiado el uso de la energía masculina por sobre la femenina, especialmente en el ámbito público. En este periodo, que se conoce como era patriarcal, se han sobrevalorado los comportamientos de competencia y la consecución de resultados, como se aprecia en la busca del éxito y la felicidad asociada a logros que moviliza nuestra cultura. De las explicaciones ofrecidas, hace sentido mirar la emergencia e instalación de esta fuerza como una estrategia adaptativa para enfrentar los desafíos del crecimiento exponencial de la población. Sea cual sea la interpretación que cada uno elija, esta manera de ser jerárquica, competitiva y orientada al logro es la que ha permitido satisfacer las necesidades de la mayoría de los habitantes de este planeta y nos ha sorprendido con avances científicos y tecnológicos, que han impactado positivamente en la calidad de vida de muchos seres humanos.
No obstante, este desequilibrio expresado en falta de energía femenina (o exceso de masculina), no ha conseguido que este crecimiento se haga de manera sustentable, poniendo en riesgo los ecosistemas, amenazando seriamente la viabilidad de la humanidad.
Tenemos, por una parte, una estrategia adaptativa, que llevada al límite se ha convertido en una amenaza, y por otro, numerosos estudios han demostrado que la energía femenina facilita la conexión de las personas consigo mismas, con las otras y de estas con su entorno, que son acciones indispensables para lograr la colaboración y el crecimiento sustentable. Con lo anterior, es posible afirmar que los problemas que enfrenta la humanidad hoy son desafíos adaptativos, y que un camino para resolverlos es potenciar la energía femenina, a partir de la cual se creen maneras alternativas de hacer, que desafíen los paradigmas imperantes.
Si bien lo femenino no es una fuerza exclusiva de las mujeres, son ellas quienes saben mejor cómo hacerlo, dado que han sostenido esta energía en el ámbito privado. Las mujeres pueden convertirse en facilitadoras de este nuevo proceso adaptativo, que implica un salto en el nivel de conciencia para la humanidad.
Aunque hombres y mujeres tenemos disponible las energías femeninas y masculinas, nuestra deriva cultural ha definido cómo y dónde ponerlas en acción. Hasta hace muy poco a las mujeres se les educaba para utilizar la energía femenina en roles culturalmente definidos como “femeninos” y a los hombres se los empujaba a hacer uso de su energía masculina en funciones “masculinas”, prácticamente reservadas para ellos y minimizando las acciones que puedan parecer femeninas.
Este encasillamiento de las energías en roles ha generado costos que se expresan a nivel personal, con insatisfacción y sufrimiento de las personas que no cumplen con los estándares que su comunidad implícita y explícitamente ha definido para ellos o ellas, o han debido restarse de funciones que han sido juzgadas como no adecuadas para su género. A nivel sistémico, este encasillamiento ha generado una separación, restringiendo lo femenino, casi completamente a lo privado, y lo masculino a lo público, perdiendo el potencial equilibrador que proporciona la energía femenina.
Potenciar lo femenino mediante el desarrollo de habilidades, competencias y sensibilidades para que sean desplegadas en el ámbito público, especialmente en sistemas jerárquicos y competitivos, es un camino para “jaquear” amorosamente el sistema y hacerlo más sustentable. Desarrollar lo femenino permitirá pasar de la competencia como principal estrategia de relacionamiento a la colaboración y de la desconfianza a relaciones más horizontales y confiadas.
Si bien este es un desafío tanto para hombres como para mujeres, estas últimas cuentan con un capital energético subutilizado que ha sido restringido al ámbito privado. Normalmente las mujeres ejercen liderazgos desde modelos masculinos, desenvolviéndose en culturas jerárquicas y competitivas donde la única forma de operar es sumarse a las reglas del juego activadas por la energía masculina. Las mujeres pueden ser una gran contribución a la solución de los desafíos emergentes desarrollando liderazgos más femeninos, promoviendo culturas con interacciones colaborativas, más horizontales e inclusivas, siendo genuinamente quienes somos.
Conocer lo que tenemos dentro nos sirve para entender cómo y por qué actuamos de determinada manera, para ser capaces de mostrar la mejor versión de nosotros mismos, ya sea en el trabajo, en el amor, o en cualquier otro ámbito.
La energía no es el género. Todos los seres somos una mezcla de estas dos fuerzas. Cada persona, hombre o mujer, está compuesto por las dos energías: femenina y masculina. De hecho, durante el día, dependiendo del entorno y la situación a la que te enfrentes, estarás utilizando una u otra energía sin darte cuenta. Todos tenemos la capacidad intrínseca de conectar con una gran variedad de energías y de desarrollar las dos partes. Por ejemplo, si estás en el trabajo, mandando, organizando todo para conseguir tus objetivos, estás en tu masculino, tienes un rol activo.
Piensa en cómo está tu cuerpo en esta situación: rígido, vertical, fuerte. Ahora piensa que estás bailando salsa, moviendo tu cuerpo, contoneándote al ritmo de la música, ahí estás en tu femenino, tienes un rol más relajado o pasivo. Tu cuerpo fluye y se deja llevar por la música. Para ser un hombre o una mujer completa y vivir la vida sin limitaciones tienes que ser capaz de identificar y conectar con estas dos energías y además hacer las paces con tu femenino y masculino interno.
Encontrar un equilibrio entre ambas fuerzas universales solo es posible mediante su experimentación, exploración y exploración. Cuando estas energías se armonizan se pierde la sensación de vacío interior y fragmentación del ser, se alcanza un estado de plenitud, gratitud y la creatividad fluye sin límites desde las fuentes cósmicas del origen. En efecto, la dualidad solo es parte de nuestra realidad, un mundo de materia y energía, pero ambas son flujos de un todo más grande. Conocerlas, expresarlas y entender sus potenciales nos libera a los campos de la percepción acrecentada, ya no somos prisioneros de una realidad dual, se rompe la brecha que separa los mundos. Hombres y mujeres, más allá de su género deben experimentar como ambas energías se expresan en sí mismos, y como estas reaccionan al interactuar con otros, ya que estas energías tienen diferentes aspectos o facetas. La sexualidad es uno de los caminos donde estas energías se expresan con mayor naturalidad y donde su potencial es más fácil de percibir.
Estas energías lo dominan todo, el día y la noche, el amor y el miedo, la fase de competición y la de descanso, la mujer y el hombre. Cada una complementa a la otra, en simples palabras; cultivar o desarrollar una, es ofrenda para la otra, ambas son capaces de nutrir las potencialidades de la otra. Por separado se buscan, juntas se expanden.
Debes de saber que ambas energías viven dentro cada uno de nosotros y que en general están en desequilibrio, lo que nos lleva a tener pensamientos, emociones y acciones concretas en función de cada una de ellas. Saber esto es de vital importancia ya que te ayudará a ser más efectivo a la hora de competir, a la hora de montar una empresa, o simplemente cuando te relacionas con tu familia o amigos. Gran parte de las crisis sociales y culturales se resolverían si lo individuos comenzarán a equilibrar la polaridad de sus energías masculinas y femeninas.
Las mujeres u hombres con una energía más masculina son más prácticos, agresivos, arriesgados, competitivos, independientes y no soportan perder. Son más arriesgados y alocados, a veces ni piensan las consecuencias. Sus actividades serán más relacionados con el contacto, donde puedan demostrar su fuerza. Las personas con más energía femenina son más emocionales, creativos y colaborativos. Esta energía, bien usada hace que los que la usan busquen la estrategia adecuada, sean más pacientes, y esa calma hace que piensen mejor y no pequen por triunfar ya, por demostrar, por ser el número uno a toda costa aunque se maten. Eligen actividades más reflexivas, más en contacto con la naturaleza, y si eligen los de contacto serán los que calman la agresividad de la energía masculina. Hacen más piña en el grupo, no le gustan los problemas. En fin, una mezcla de ellas hace que seas más feliz, más completo, mas humano, mas tú, y desde ahí todo sale a la primera. El equilibrio de estas fuerzas primordiales es el sustrato que compone a la energía creativa, esta fuente primordial de energía es lo que anima al universo, lo que da forma a las cosas y hace posible todo lo que entendemos como realidad, en la antigüedad le consideraban “la sustancia” de las cosas, y sin ir más lejos, esta energía es la chispa divina de nuestro fuego interior.
Mientras la energía masculina se satisface con la gratificación inmediata, el triunfo o el éxito, la energía femenina encuentra satisfacción en el placer, la sensualidad, la contemplación o el descanso.
Cuando no exploramos ambas energías con frecuencia, tenemos un desequilibrio interior que nos lleva a buscarlas afuera, ya sea en nuestras relaciones de pareja o cualquier vínculo que nos restituya la armonía que no poseemos. Pero eso no es equilibrio, eso no es unión (no del todo genuina), eso se llama apego y necesidad, uno se vuelve dependiente de la opinión de los demás. En el desequilibrio, ya seas más agresivo o más tímido, existe miedo, y eso es un problema.
¿Pero cuál es el origen de este desequilibrio? En general siempre es el mismo, los padres y la sociedad. De pequeño en algún momento, o en muchos, tus padres no reconocieron tus facultades, te dijeron “muy mal”, “eso no”, “así no se hace”, “no vales para nada”, etc.
Cuando sucedió esto surgieron dos caminos en los cuales elegiste uno de ellos y eso fue lo
que inclinó tu energía hacia un lado o el otro:
1- Te vuelves rebelde para demostrar que sí que vales. Aquí, buscarás el reconocimiento de los padres sea como sea con tal de que te den su amor, y lo seguirás haciendo por el resto de tus días en cualquier situación. Buscarás reconocimiento compitiendo, controlando las situaciones, queriendo tener la razón en todo, siendo el número uno, con un perfeccionismo y auto exigencia máximas. Estas personas tendrán pánico a la crítica, al fallo, al “fracaso” o a ser “peor que los demás”.
2- Te crees lo que te dijeron y te vuelves sumiso a todo lo que te dicen. Incluso si te convencieron de que eres no vales nada, vas así por la vida, sin creer en ti, en lo que sabes, aunque seas un genio no te lo crees. Serás una persona muy dependiente pero a la vez muy creativa, pero de nada sirve ya que te creíste que no sirves, no lo mostrarás y nadie lo sabrá, vivirás en una especie de inexistencia.
Tanto la familia como la sociedad son las directrices que moldean nuestros comportamientos, actitudes y decisiones durante las etapas más decisivas de nuestro desarrollo y crecimiento. Esto puede determinar muchos patrones aprendidos que luego actúan de manera mecánica y automática en nuestro sistema de existencia, pero no son para nada definitivos e inquebrantables, siempre podemos trabajar para cambiarlos y mejorar aquello que no nos gusta o incluso, ya no nos sirve.
Así funcionó el mundo durante siglos, hombres dominantes con miedo a no ser reconocidos y que competían con bombas a ver quién era más fuerte; y mujeres sumisas que creyeron ser la pieza secundaria que solo valía para las labores del hogar y el sexo sin libertad.
Sin embargo, el mundo está cambiando. La energía femenina es la creatividad, es el deporte al aire libre, las artes, la libertad, el cuidado del medio ambiente, la responsabilidad sobre uno mismo, la independencia de las personas, la cooperación del humano, etc. Ambas energías se están equilibrando para crear un mundo con el que muchos soñaron siempre, así será.
Pero para que todo esto suceda de manera global es de vital importancia esto:
Si vives con una energía más masculina: ya seas hombre o mujer, debes perdonar a la energía femenina y permitirle florecer, como una flor que se abre regando su perfume, llenando de colores el mundo. Esto quiere decir conciliarte con tu madre, con todas las mujeres, darle espacio a la creatividad y a todas tus facultades femeninas que te vuelven más sensible, empático y reflexivo, para ver cómo te hacen realmente poderoso.
La energía masculina nos enseña sobre libertad, proyectos y disciplina. Si vives en una energía más femenina: debes aceptar tu poder, esa energía que llevas dentro, confiando en ti y sabiendo que lo que te dijeron sobre los roles era falso, y que puedes improvisar.
En la energía femenina está el poder generativo y abundante de la naturaleza, las infinitas posibilidades. La energía femenina nos enseña sobre la paciencia, la sensibilidad, la creatividad y la sensualidad de los placeres. Es la pausa para el descanso, el cuidado, el cultivo.